miércoles, 1 de noviembre de 2017

Luces y sombras

Soy, sobre todas las cosas, un hombre de ciudad. Soy su ruido, su caos, su muchedumbre; soy la perpetua falta de comunicación. Y en su continuo estado de enajenación me siento muy a gusto. Sin embargo, si tuviese que elegir un lugar para vivir la eternidad, ciertamente ese lugar sería cerca del mar. El mar, a quien invoqué en la mayoría de mis canciones y poesías, es para mi la representación más clara de la belleza natural que nos rodea. La constancia hipnótica de las olas que con indiferencia nos acercan y nos alejan sucesivamente hacia lo infinito, me devuelven una razón para meditar, para dialogar con lo más profundo y sincero de mi mismo. 
Fue hoy, cerca de las 7 de la mañana, cuando con una necesidad súbita preferí desayunar ese espectáculo de grandeza y soledad,  buscando otra vez responder la misma pregunta. Y hubo respuesta; no hay consagración en el amor si no nace desde la soledad y desde la reflexión; nadie puede amar a nada sin primero hacerlo en un estado de completa armonía y éxtasis con uno mismo. Quizá, como creía el joven Pascal, ni siquiera baste con la palabra dios para nombrarlo, pues todo aquello que nombramos, todo aquello a lo que le ponemos forma, incluyendo el amor, pierde eventualmente su esencia más pura. 
Cuando miro el mar veo el rostro multiforme de todos mis yoes. Cuando el mar me mira empiezo a comprender aquello que quise decir cuando escribí tantas veces la palabra "amor". Es en el mar en donde acepto -con la pureza que cierta aceptación merece- que soy un ser de luz y de oscuridad. Somos vacío y forma todo a la vez. 

El Ciervo Astral. 

Decime quién sos y te diré con quién vas a andar

Que no amanezca nunca más.  Que la soledad y el silencio de este momento se queden conmigo para siempre.  Que la violencia de existir me d...